En los barrios antiguos y los cerros del Estado de México, circula la historia de un hombre conocido como Pedro “El Negro”. No era un hombre común: dicen que su piel era tan oscura como la noche sin luna, y su mirada podía paralizar a cualquiera que osara mirarlo directamente. Se cuenta que vagaba por los caminos, entre sombras y callejones, buscando saldar viejas cuentas y advertir a los vivos sobre la muerte que ronda a los imprudentes.
Un hombre marcado por la tragedia
Pedro nació hace más de un siglo en un pequeño poblado del Valle de Toluca. Desde joven, se decía que tenía habilidades extrañas: podía aparecer y desaparecer sin ser visto, y su presencia causaba frío intenso y escalofríos. Se volvió temido por los habitantes cuando, tras una pelea con forasteros que amenazaban su comunidad, los agresores desaparecieron misteriosamente. Desde entonces, su nombre se convirtió en sinónimo de temor: quien escucha “Pedro El Negro viene” sabe que debe respetar los límites de la vida y la muerte.
Apariciones que hielan la sangre
Testigos modernos aseguran que Pedro aparece en caminos desolados, especialmente cerca de cerros y arroyos. Su sombra, alargada por la luz de la luna, avanza lentamente, y se perciben sus pasos aunque no haya sonido de botas ni piedras. Algunos dicen que habla con una voz profunda que advierte sobre la muerte o el peligro inminente, y que aquellos que lo ignoran pueden sufrir accidentes o desaparecer sin dejar rastro.
Se cree que Pedro no busca hacer daño por capricho: es un espíritu vigilante, un recordatorio de que la vida es frágil y de que la muerte acecha incluso en los lugares más familiares. Los ancianos aconsejan dejar una vela encendida en casa o en la entrada de los caminos para ahuyentar su presencia, pero siempre con respeto.

