En el antiguo puerto de Córdoba, Veracruz, aún se murmura el nombre de una mujer cuya belleza podía encender la envidia y la sospecha: La Mulata. Nadie sabía de dónde había llegado, pero su mirada profunda y su sonrisa serena bastaban para que los hombres olvidaran a sus esposas y las mujeres la miraran con recelo.
Algunos decían que tenía tratos con el diablo; otros, que era hija de los vientos del Caribe. Lo cierto es que nadie permanecía indiferente a su paso.
Dones que despiertan el miedo
La Mulata curaba enfermos, preparaba ungüentos y sabía leer las estrellas. Muchos acudían a ella en secreto cuando los médicos fallaban, pero en una época dominada por la Inquisición, todo conocimiento fuera de lo común era pecado.
Su fama creció tanto que los poderosos comenzaron a temerle. Un gobernador, obsesionado con su hermosura, intentó poseerla. Ella lo rechazó con una sonrisa que lo humilló más que cualquier palabra. Días después, la acusaron de brujería.
El juicio y el milagro
Encerrada en una celda húmeda del convento de San Antonio, la Mulata esperaba su condena a muerte. Los guardias decían que, pese al encierro, su piel seguía brillante y su cabello olía a flores. En el muro de piedra, tomó un carbón y dibujó un barco con un mar en calma.
—“¿Qué haces?”, preguntó un carcelero.
—“Dibujo el barco con el que me iré lejos de aquí”, respondió ella.
Cuando el hombre se acercó, el dibujo comenzó a brillar. La Mulata dio un paso dentro del mural y desapareció frente a sus ojos. Solo quedó la marca del barco y el eco de una risa que nadie ha podido olvidar.
Un espíritu libre
Desde entonces, los marineros que navegan frente a las costas de Veracruz juran ver una silueta de mujer sobre las olas, guiando barcos perdidos durante las tormentas. Otros aseguran que su espíritu camina por las calles empedradas de Córdoba, iluminado por una linterna invisible.
La Mulata no murió: se convirtió en leyenda. Un símbolo de libertad, belleza y misterio.
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